Conversaciones sobre cuidados: Cómo hablar con los niños acerca de la enfermedad de un ser querido
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Cuando alguien a quien amas se enferma gravemente, a menudo hay dos conversaciones ocurriendo al mismo tiempo: la que tienen los adultos sobre lo que está sucediendo, y la que los niños intentan comprender por sí mismos.
Hablar con un niño sobre la enfermedad de un ser querido puede resultar intimidante. Quizás no sepas cuánto contarle, qué palabras usar o cómo reaccionará. Además, puede que estés intentando controlar tus propias emociones mientras le ayudas a gestionar las suyas.
Pero estas conversaciones no tratan sobre la perfección. Lo más importante es brindarles a los niños información que puedan comprender, respetar sus sentimientos y hacerles saber que pueden acudir a ti si tienen preguntas.
Cómo hablar con los niños sobre la enfermedad de un ser querido
Aquí te explicamos cómo abordar la conversación antes, durante y después:
Antes de hablar con ellos
Un poco de preparación puede hacer que una conversación difícil parezca más manejable. Antes de sentarte con un niño, tómate un momento para pensar en lo que ya sabes, lo que necesitas saber y lo que estás listo para compartir. Luego, considera lo que querrás compartir, junto con otras ideas sobre cómo afrontar la dinámica familiar.
Considera su edad y comprensión.
Los niños procesan la información de manera diferente a medida que crecen. Ten en cuenta su edad y nivel de desarrollo al decidir qué (y cuánto) compartir con ellos.
De 2 a 5 años: Utiliza un lenguaje sencillo y concreto, y céntrate en lo que puedan observar en su vida diaria. Prepárate para repetir la información.
De 6 a 8 años: Explícales claramente lo que está sucediendo y dales muchas oportunidades para hacer preguntas.
De 9 a 12 años: Es posible que quieran más detalles y tengan preguntas sobre cómo la enfermedad podría afectar a la familia.
Adolescentes: Sé honesto y dales espacio para procesar información más compleja. También es posible que quieran participar más.
Empieza con la información que necesitan ahora mismo. Siempre puedes añadir más después.
Utiliza un lenguaje claro y sencillo.
Cuando intentamos suavizar las malas noticias, puede resultar tentador usar frases vagas. Pero los niños pueden interpretar esas palabras literalmente o malinterpretar lo que queremos decir.
En cambio, utiliza un lenguaje honesto y apropiado para su edad. Explica lo que sabes con claridad y evita hacer promesas sobre lo que sucederá después si no estás seguro.
También está bien decir: "No lo sé".
Piensa en lo que les puede preocupar.
Los niños pueden tener preocupaciones que los adultos no esperan. Pueden preguntarse si la enfermedad es contagiosa, si ellos la causaron, quién los cuidará o si su vida diaria cambiará.
Antes de la conversación, piensa en las preguntas que podrían tener. Esto te ayudará a prepararte para responderlas sin abrumar al niño con información innecesaria.
Y recuerda: no tienes que anticiparte a todas las preguntas. Pueden resolverlas juntos.
Durante la conversación
Cuando estés listo para hablar, intenta que la conversación parezca menos un anuncio formal y más una charla abierta.
Empieza por averiguar qué es lo que ya saben.
Antes de explicarlo todo, pregúntales qué han oído o notado. Podrías decir: "¿Qué has oído sobre la enfermedad de la abuela?" o "¿Qué crees que está pasando?". Su respuesta puede revelarte mucho. Quizás ya entiendan más de lo que crees, o tal vez hayan sacado conclusiones precipitadas con suposiciones erróneas.
Comenzar aquí te brinda la oportunidad de corregir con delicadeza los malentendidos y partir de lo que ya saben.
Sé honesto sin abrumarlos.
Los niños merecen información veraz, pero eso no significa que necesiten todos los detalles a la vez. Explícales lo que está sucediendo en un lenguaje que puedan comprender. Si la enfermedad es grave o el futuro es incierto, está bien reconocer esa incertidumbre.
Por ejemplo, en lugar de decir: “Todo va a salir bien”, podrías decir: “Los médicos están trabajando arduamente para ayudar, y aún no sabemos con exactitud qué sucederá”. Esto puede ser tranquilizador sin hacer una promesa que no puedas cumplir.
Déjales espacio para hacer preguntas.
Los niños pueden hacer preguntas difíciles, repetitivas o sorprendentemente directas.
“¿Van a morir?”
“¿Puedo contagiarme?”
“¿Los he enfermado?”
“¿Quién cuidará de mí?”
“¿Podemos seguir yendo al entrenamiento de fútbol?”
Algunas preguntas pueden parecer ajenas a la enfermedad, pero pueden revelar la verdadera preocupación del niño. Responde a la pregunta que realmente te hace, aunque no sea la que esperabas.
Si no sabes la respuesta, dilo. Puedes decirles: “No estoy seguro, pero lo averiguaré” o “Todavía no lo sabemos”.
Déjalos reaccionar a su manera.
No existe una única forma en que un niño deba reaccionar ante una mala noticia. Puede llorar. Puede quedarse callado. Puede hacer un sinfín de preguntas. Puede encogerse de hombros y preguntar inmediatamente qué hay de cenar. Todas estas reacciones son posibles, y ninguna significa necesariamente que no le afecten.
Dales permiso para sentir lo que sientan. Hazles saber que está bien estar tristes, asustados, enojados, confundidos (o que aún no sepan exactamente lo que sienten). Y no los obligues a tener una conversación emotiva si no están preparados. Algunos niños necesitan tiempo para procesar la información antes de poder hablar de ella.
Mantén la puerta abierta
No pienses en esto como la conversación en sí, sino como el comienzo de una conversación continua. Hazle saber a tu hijo que puede volver con preguntas más tarde, incluso si ya las ha hecho antes.
Un simple "Siempre puedes venir a hablar conmigo sobre esto, incluso si crees que tu pregunta es tonta" puede ser de gran ayuda.
Después de la conversación
Los niños no siempre procesan la información difícil de inmediato. Pueden parecer tranquilos durante la conversación y empezar a hacer preguntas varias horas o días después. También pueden comprender la situación de manera diferente a medida que la enfermedad evoluciona. Por eso, lo que sucede después de la conversación también es importante.
Comunícate con ellos
No es necesario programar una reunión familiar formal cada vez que quieras saber cómo están. Busca oportunidades naturales para preguntarles. Podrías decir: “He estado pensando en lo que hablamos el otro día. ¿Cómo te sientes con todo esto?”.
A veces, un niño querrá hablar. Otras veces dirá que está bien. En cualquier caso, le estás recordando que la conversación sigue abierta.
Presta atención a los cambios
Los niños no siempre dicen: "Estoy preocupado". El estrés puede manifestarse de otras maneras, como problemas para dormir, irritabilidad, apego excesivo, dificultad para concentrarse, cambios en el apetito o rechazo a actividades que normalmente disfrutan.
Por supuesto, los niños tienen días difíciles por muchas razones. Un solo cambio no significa necesariamente que algo ande mal. Pero si notas cambios persistentes o significativos, quizás valga la pena prestar más atención o consultar con un profesional.
Mantén las rutinas habituales siempre que puedas.
Cuando un ser querido está enfermo, la vida familiar puede parecer impredecible. Mantener la constancia en las rutinas diarias, en la medida de lo posible, puede brindar a los niños una sensación de estabilidad.
La escuela, las rutinas a la hora de acostarse, las comidas, las actividades, los amigos y otras partes familiares de su día pueden recordarles que, si bien algo importante ha cambiado, no todo ha cambiado.
Retoma la conversación cuando las cosas cambien.
A medida que la enfermedad progresa, tu hijo podría necesitar nueva información. También podría tener nuevas preguntas basadas en lo que ve y oye.
No es necesario explicarlo todo de golpe. Continúa dándoles información a medida que estén preparados y adapta tu enfoque conforme crezcan y comprendan más.
Cómo encontrar apoyo para tu hijo y para ti mismo.
No tienes por qué ser la única persona que ayuda a un niño a sobrellevar la enfermedad de un ser querido. El apoyo puede provenir de:
Miembros de la familia de confianza: Alguien a quien tu hijo ya conoce y con quien se siente cómodo hablando.
Profesores o consejeros escolares: Pueden brindar apoyo y estar atentos a los cambios en la escuela.
Proveedores de atención médica: Un pediatra u otro profesional sanitario puede ayudar a explicar las enfermedades de forma adecuada a la edad del paciente.
Profesionales de la salud mental: Un terapeuta puede ofrecer apoyo adicional si tu hijo está lidiando con preocupación constante, duelo o cambios de comportamiento.
Servicios comunitarios: Algunas organizaciones ofrecen grupos de apoyo, programas o recursos específicos para niños y familias que se enfrentan a enfermedades graves.
Y recuerda, deja espacio para tu propio cuidado también. Tener a alguien con quien hablar puede facilitar que estés presente y disponible para tu hijo.
Mantengamos la conversación
Hablar con un niño sobre la enfermedad de un ser querido no se trata de encontrar las palabras perfectas. Se trata de ayudarle a comprender lo que pueda, responder a sus preguntas con sinceridad y recordarle que no tiene que entenderlo todo de golpe.
Dales información que puedan comprender. Permíteles reaccionar a su manera. Y mantén la puerta abierta para seguir conversando a medida que las cosas cambien. Lo más importante es recordar que los niños no necesitan que tengas todas las respuestas. Necesitan saber que tienen a alguien a quien acudir cuando las tengan.
¿Necesitas ayuda adicional? Conéctate con CRC OC para obtener orientación, recursos y apoyo con empatía mientras afrontas el cuidado de tu familia.




